Francisco Gandolfo

$400 / 23 x 17 / 336p / /
ISBN: 978-987-9267-29-5Poesía ComprarFragmento
Prensa
Francisco Gandolfo nació en Hernando, provincia de Córdoba, el 7 de septiembre de 1921. Su padre, Doménico Gandolfo, era piamontés y su madre, Pascualina Storani, de Recanati. Se conocieron en Italia pero se casaron en Tostado, norte de Santa Fe, donde vivieron unos años antes de trasladarse a Hernando. Tuvieron seis hijos, de los cuales Francisco fue el quinto. Doménico murió joven y todos los hermanos Gandolfo tuvieron que salir a trabajar. Francisco empezó a los diez años vendiendo diarios y pronto entró a una imprenta, donde aprendió el oficio de lo que después fue su profesión. Cuando tenía 18, el dueño de la imprenta donde trabajaba mudó la empresa a Leones, siempre en la provincia de Córdoba, y allí también fue el joven Gandolfo. En esa ciudad conoció a Evelina Kern, que unos años más tarde sería su mujer. En 1942 fue a hacer el servicio militar a San Rafael, Mendoza. En “esa especie de monasterio que es la milicia”, recordó Gandolfo años más tarde, comenzó a leer y a escribir de manera sostenida y, como también entonces se puso de novio con Eve, vio duplicado su “ímpetu poético” que poco después encontró cauce en las formas fijas de la tradición española en las que lo instruyó Juan Solano Luis, un poeta de San Rafael. En seis meses, y a razón de una reunión semanal, Solano Luis introdujo a Gandolfo en la lectura de Garcilaso, Quevedo, Góngora, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Rubén Darío y Leopoldo Lugones. Terminado el servicio militar, Gandolfo se fue a Río Tercero a trabajar en la administración de la Fábrica Militar y después de un par de meses, harto del trabajo, fue a probar suerte a Buenos Aires. Enterado de que allí estaba Rafael Alberti, Gandolfo fue a verlo y le llevó dos sonetos. El poeta español lo animó “a que perseverase en el verso” pero, más importante aun, le aconsejó la lectura de Pablo Neruda y César Vallejo, que resultarían fundamentales en la conformación de la poética gandolfiana. Como si con ese encuentro y esa valiosa recomendación ya hubiese encontrado lo que había ido a buscar a Buenos Aires, al poco tiempo volvió a la provincia, a Río Tercero primero —con un paso por Leones, donde se casó con Eve— y a San Rafael después. Pero sus poemas de esos años todavía no reflejan el impacto de la novedad de la vanguardia, y Libro de poesías, firmado en San Rafael en 1947, y que aún permanece inédito, es casi un catálogo de las formas y asuntos aprendidos en el “taller” de Solano Luis. Al poco tiempo, en diciembre de 1948, la familia Gandolfo —ya había nacido Elvio, el hijo mayor— se mudó a Rosario. Francisco entró a trabajar en la imprenta de los hermanos Siragusa, en Alvear y Brown. Recién en 1960 accedió a una máquina propia, que le permitió independizarse. A fines de 1963, con seis hijos —Elvio, Ema, Sergio, Carlos, Mario y María— se instaló en Ocampo 1812 y fundó la imprenta La Familia, todavía situada en el mismo lugar, y atendida por su hijo Carlos. De esos años es Fonemas, un libro inédito firmado en 1965, con el que obtuvo una mención en el Premio Municipal de Literatura Legado Manuel Musto. En 1968, junto con Elvio, con quien compartía el trabajo en la imprenta y extensas jornadas de lectura y discusión literaria, comenzaron a publicar el lagrimal trifurca, una de las revistas de poesía más importantes que se editaron en la Argentina (salió hasta 1976) y en cuya redacción estuvieron también Hugo Diz, Eduardo D’Anna, Samuel Wolpin y Juan Carlos Martini y que promovió un tipo de poesía coloquial, antipoética, narrativa y humorística de la que el primer libro de Gandolfo, Mitos, de ese mismo año, es una especie de avanzada. Pero este libro guarda todavía elementos arcaicos, marcas del extenso período de aprendizaje del autor; recién en sus dos libros siguientes, El sicópata y Poemas joviales, de 1974 y 1977 respectivamente, dio con su nota más personal y característica, inconfundible aun entre la de sus compañeros de "El lagrimal", todos por lo menos veinte años más jóvenes que él. En su conjunto, esos tres primeros libros —reunidos en esta edición bajo el subtítulo del segundo: Versos para despejar la mente— conforman un bloque nítido, no solo por el lenguaje y su prosodia sino también por sus asuntos, que reverberan en su libro siguiente, El sueño de los pronombres, de 1980. Otra zona de su obra poética, más conceptual y filosófica, se agrupa en Plenitud del Mito, de 1982, Presencia del secreto, de 1987, y Las cartas y el espía, de 1992. Mientras que un tercer bloque, compuesto por El búho encantado (Interzona, Buenos Aires, 2005), los aún inéditos El enigma, Invitación al verso y Versos de un jubilado (Ivan Rosado, Rosario, 2013) parecen ser una síntesis de ambos, en tanto retoman el estilo humorístico de los libros de los años 70 y decantan las preocupaciones filosóficas de los 80.
Francisco Gandolfo nació en Hernando, provincia de Córdoba, el 7 de septiembre de 1921. Su padre, Doménico Gandolfo, era piamontés y su madre, Pascualina Storani, de Recanati. Se conocieron en Italia pero se casaron en Tostado, norte de Santa Fe, donde vivieron unos años antes de trasladarse a Hernando. Tuvieron seis hijos, de los cuales Francisco fue el quinto. Doménico murió joven y todos los hermanos Gandolfo tuvieron que salir a trabajar. Francisco empezó a los diez años vendiendo diarios y pronto entró a una imprenta, donde aprendió el oficio de lo que después fue su profesión. Cuando tenía 18, el dueño de la imprenta donde trabajaba mudó la empresa a Leones, siempre en la provincia de Córdoba, y allí también fue el joven Gandolfo. En esa ciudad conoció a Evelina Kern, que unos años más tarde sería su mujer. En 1942 fue a hacer el servicio militar a San Rafael, Mendoza. En “esa especie de monasterio que es la milicia”, recordó Gandolfo años más tarde, comenzó a leer y a escribir de manera sostenida y, como también entonces se puso de novio con Eve, vio duplicado su “ímpetu poético” que poco después encontró cauce en las formas fijas de la tradición española en las que lo instruyó Juan Solano Luis, un poeta de San Rafael. En seis meses, y a razón de una reunión semanal, Solano Luis introdujo a Gandolfo en la lectura de Garcilaso, Quevedo, Góngora, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Rubén Darío y Leopoldo Lugones. Terminado el servicio militar, Gandolfo se fue a Río Tercero a trabajar en la administración de la Fábrica Militar y después de un par de meses, harto del trabajo, fue a probar suerte a Buenos Aires. Enterado de que allí estaba Rafael Alberti, Gandolfo fue a verlo y le llevó dos sonetos. El poeta español lo animó “a que perseverase en el verso” pero, más importante aun, le aconsejó la lectura de Pablo Neruda y César Vallejo, que resultarían fundamentales en la conformación de la poética gandolfiana. Como si con ese encuentro y esa valiosa recomendación ya hubiese encontrado lo que había ido a buscar a Buenos Aires, al poco tiempo volvió a la provincia, a Río Tercero primero —con un paso por Leones, donde se casó con Eve— y a San Rafael después. Pero sus poemas de esos años todavía no reflejan el impacto de la novedad de la vanguardia, y Libro de poesías, firmado en San Rafael en 1947, y que aún permanece inédito, es casi un catálogo de las formas y asuntos aprendidos en el “taller” de Solano Luis. Al poco tiempo, en diciembre de 1948, la familia Gandolfo —ya había nacido Elvio, el hijo mayor— se mudó a Rosario. Francisco entró a trabajar en la imprenta de los hermanos Siragusa, en Alvear y Brown. Recién en 1960 accedió a una máquina propia, que le permitió independizarse. A fines de 1963, con seis hijos —Elvio, Ema, Sergio, Carlos, Mario y María— se instaló en Ocampo 1812 y fundó la imprenta La Familia, todavía situada en el mismo lugar, y atendida por su hijo Carlos. De esos años es Fonemas, un libro inédito firmado en 1965, con el que obtuvo una mención en el Premio Municipal de Literatura Legado Manuel Musto. En 1968, junto con Elvio, con quien compartía el trabajo en la imprenta y extensas jornadas de lectura y discusión literaria, comenzaron a publicar el lagrimal trifurca, una de las revistas de poesía más importantes que se editaron en la Argentina (salió hasta 1976) y en cuya redacción estuvieron también Hugo Diz, Eduardo D’Anna, Samuel Wolpin y Juan Carlos Martini y que promovió un tipo de poesía coloquial, antipoética, narrativa y humorística de la que el primer libro de Gandolfo, Mitos, de ese mismo año, es una especie de avanzada. Pero este libro guarda todavía elementos arcaicos, marcas del extenso período de aprendizaje del autor; recién en sus dos libros siguientes, El sicópata y Poemas joviales, de 1974 y 1977 respectivamente, dio con su nota más personal y característica, inconfundible aun entre la de sus compañeros de "El lagrimal", todos por lo menos veinte años más jóvenes que él. En su conjunto, esos tres primeros libros —reunidos en esta edición bajo el subtítulo del segundo: Versos para despejar la mente— conforman un bloque nítido, no solo por el lenguaje y su prosodia sino también por sus asuntos, que reverberan en su libro siguiente, El sueño de los pronombres, de 1980. Otra zona de su obra poética, más conceptual y filosófica, se agrupa en Plenitud del Mito, de 1982, Presencia del secreto, de 1987, y Las cartas y el espía, de 1992. Mientras que un tercer bloque, compuesto por El búho encantado (Interzona, Buenos Aires, 2005), los aún inéditos El enigma, Invitación al verso y Versos de un jubilado (Ivan Rosado, Rosario, 2013) parecen ser una síntesis de ambos, en tanto retoman el estilo humorístico de los libros de los años 70 y decantan las preocupaciones filosóficas de los 80. Prensa

$400 / 23 x 17 / 336p / /
ISBN: 978-987-9267-29-5Poesía ComprarFragmento