La banalidad del mal en un relato

Tecompregirasoles

Por Beatriz Vignoli. Para quienes conozcan los matices más sutiles del lenguaje de las flores, el título Te compré girasoles (EMR, 2021) expresa en código una elegía (que es el género clásico en segunda persona dirigido a alguien fallecido) y una muerte anunciada. Pero, al igual que casi todos los personajes de esta novela menos uno, el lector se resistirá a creer en la gravedad del caso y se aferrará a una mezcla de negación y esperanza, aún teniendo delante la información necesaria para juzgar.

La autora podría haber parafraseado al comienzo la introducción en off a El hombre equivocado (1956): Les habla María Angélica Vicat. En el pasado les he dado muchos cuentos de suspenso. Pero esta vez quiero que lean algo diferente. La diferencia está en que esta es una historia verdadera, hasta la última palabra. Y sin embargo contiene elementos que son más extraños que toda la ficción que he puesto en mucho de lo que hecho antes.

 El cineasta británico Alfred Hitchcock (cara pública del gran cineasta bifronte compuesto de dos personas: él y su esposa Alma Reville) es el autor de la cita aludida más arriba y también de una especie de decálogo del buen suspenso, diseminado en varias entrevistas, donde postula que no hay suspenso efectivo sin información suficiente (no es lo mismo que una bomba estalle por sorpresa o que el espectador esté esperando el estallido) ni efecto siniestro eficaz sin contexto cotidiano. “Estás en un negocio comprando un sombrero y sentís el arma en las costillas”, dijo.

Te compré girasoles es una primera novela, una tragedia contemporánea con todos los elementos de la clásica, una exploración de la banalidad del mal, una reivindicación de los derechos vulnerados de las mujeres, una denuncia contra el patriarcado que nos cosifica y nos mata, un canto de amor y duelo por una hija en el contexto de una familia destruida, y un alegato sobre el femicidio naturalizado como estilo de vida de nuestra sociedad. Y también es excelente literatura de suspenso, hecha con los materiales aparentemente deleznables de la vida cotidiana popular. 

En esa vida doméstica normalizada, va de a poco asomando su cabeza monstruosa desde la quieta superficie una combinación de enfermedad y negligencia que en realidad es un asesinato, pero un asesinato social: no hay un único autor, sino que el crimen surge del entramado de esa cotidianeidad, de las pequeñas decisiones que se van tomando día a día, del orden de prioridad de los gastos que decide tiránicamente el hombre de la casa imponiéndoselo a su esposa, que se deja llevar con una docilidad suicida, y cuyas postergaciones terminan llevando a un final trágico. Desenlace que resulta de la suma de todas aquella nimiedades, que parecían tales, pero al final nos damos cuenta de que no lo eran.

Al primer indicio del título le suma Vicat otro: un epígrafe de la filósofa alemana Hanna Arendt, autora del concepto de “la banalidad del mal”, con el que pudo explicar el horror del genocidio nazi y resolver la falsa contradicción del genocida como obediente ciudadano. Uno que forma parte de la normalidad a tal punto que con la misma indiferencia echa mano de una escoba para barrer el piso o de una palanca para encender la cámara de gas, siempre cumpliendo órdenes, o tomando decisiones supuestamente sensatas, pero que en realidad son criminales. El crimen, sin embargo, queda invisibilizado. Nadie lo paga porque toda la sociedad es criminal. Y una sociedad así le hace expiar sus culpas al mensajero que trae la mala noticia. Al buen villano del libro, Kelo, no le será ahorrada la anagnórisis, el momento autocrítico que llegará tarde.

Los dos primeros renglones del texto están dedicados a proporcionar los anclajes fácticos: “Febrero de 2003. Provincia de Corrientes. República Argentina“. La mensajera, en este libro, es la narradora. Narra con la misma voz en que contaría sus desventuras familiares en la peluquería. La figura satírica de la suegra entrometida le es endilgada como chaleco de fuerza paralizante, tanto por su yerno como por el personal de salud. Al fin reconocerá su propia responsabilidad pasiva, diluida sin embargo en el mar venenoso de discursos invalidantes que recibe de todos lados cada vez que se atreve a opinar sobre lo que le pasa a Ana, cuyos olvidos y dolores de cabeza serán siempre atribuidos a un vago nerviosismo. Ni los médicos ceden a los reclamos de la narradora y defensora, que pide estudios y análisis. El que esta madre entrada en años sepa algo de ciencias, aprendido por su cuenta en Internet, les resulta inverosímil.

“Nerina dice que puede ser psicosomático… Yo verdaderamente tiemblo cuando escucho esa palabra, anduve dos años en el infierno porque ‘está ansiosa’, ‘es nerviosa’, ‘está premenopáusica’. ‘está neurótica’ me decían, y lo que tenía era una deficiencia de la tiroides fácil de averiguar. Ahora, con Internet, me entero que hasta las vacas se enferman de tiroides por el agua caliza. Y acá en Mercedes los caraduras dicen que es la mejor agua de la provincia…”, escribe Vicat en un pasaje crítico esclarecedor.

María Angélica Vicat nació en la ciudad de Buenos Aires en 1946. Escribe relatos de fantasía y ciencia ficción, algunos de los cuales fueron publicados en plataformas online. Vivió en diversas localidades de seis provincias distintas del país, fue periodista y docente rural, tuvo seis hijos y quince nietos, y actualmente está radicada en Villa Giardino, provincia de Córdoba. Te compré girasoles fue elegida como una de las obras finalistas del Concurso Regional de Nouvelle EMR 2018 por un jurado que integraban Alan Pauls, Luis Sagasti y Vera Giaconi.

Fuente: Rosario 12
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