La ética de una lectura

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Por Ismael Garcia.

Finalmente, leí el Milton.

Hace ya un año, casualmente en el festejo de cumpleaños del autor de esta novela corta, recuerdo haberle preguntado al agasajado, debido a una inocente disputa con otro amigo, a quién prefería leer entre Piglia y Saer. No recuerdo qué me contestó con exactitud, pero puedo figurarme su respuesta: probablemente primero me miró con algo de desprecio, como de costado, levantando las cejas y abriendo apenas la boca para dejar pasar un sonoro suspiro. Seguramente, después de ese gesto de evidente ninguneo, me contestó con una frase habitual, qué mierda preguntas, o algo así, Saer, obvio. Después se debe haber cruzado de piernas y dicho algo como hashtag, y alguna frase de los Redondos. Lo curioso es que, un año después, cuando finalmente leí Milton luego de haberle mangueado un ejemplar en su casa, encontré una escena que habría fascinado al mismo Piglia. Por supuesto, puedo estar exagerando, pero esa es la ventaja de haber perdido al crítico de Adrogué: su voz ahora nos pertenece, y por desgracia no puede contradecirme.

La escena es breve, como la novela, por lo que comenzaré por contar escuetamente su historia. El protagonista, un niño cuyo nombre no conocemos, obeso y mimado, sufre sus vacaciones de verano. Esto se debe a que la madre, en un acto de preocupación, llevó a otro niño, Milton, a pasar la temporada con ellos en la casa de campo donde habitan los abuelos. Lejos de ser una compañía, Milton satisface su aburrimiento hostigando con una infantil crueldad al protagonista que, en una docilidad que no se logra a explicar a sí mismo, resiste con vergüenza esos abusos. Sus momentos de tranquilidad son muy pocos, en alguna comida o en los momentos en que lee una y otra vez una de esas revistas que están hace años en la casa de nuestros abuelos, que seguro compraron para que no nos aburramos y conocemos de memoria. En un acto de maldad y, quizás, de celos por la falta de atención que recibe por parte del protagonista, que en ese momento leía bajo una sombra, Milton lo empapa con una bombucha, destrozando para siempre esas lecturas.

La escena en cuestión es la siguiente. El padre del protagonista tiene un baño privado que siempre cerraba con llave y en el que, en un acto sin demasiado sentido pragmático pero muy significativo en cuanto a lo simbólico, guardaba su biblioteca personal, los únicos libros en toda la casa, vale aclarar. Como podemos imaginar, en un descuido olvida cerrarlo, por lo que el niño, que había perdido su única lectura en esa prisión campestre, roba un libro al azar, uno pequeño, para poder esconderlo hasta que llegara la noche, única temporalidad posible en la que puede disfrutar del acto de leer. Lo lee de a poco, sólo algunas páginas por noche alumbrando con una linterna, por el temor a ser descubierto, lo que nos hace recordar el epígrafe que encabeza la novela, frase de Louis-Ferdinand Céline, de su novela Viaje al fin de la noche, “El dolor se exhibe, mientras que el placer y la necesidad dan vergüenza”. La lectura robada es El extranjero, de Albert Camus.

Sus precauciones eran, en efecto, necesarias. Milton lo descubre en medio de la noche, toma el libro y corre fuera de la habitación. Cuando se frena en la puerta del cuarto de los padres, mira socarronamente al protagonista, cuyas manos tiemblan haciendo que la luz de la linterna baile en el rostro de Milton. Milton llama a la puerta de los padres, pero nadie contesta. El niño, asustado, recuerda que salieron a cenar al pueblo, mientras Milton se aleja por el living, saliendo finalmente a la galería y al patio. El protagonista lo sigue, ya con la linterna apagada para no despertar a los abuelos, hasta llegar al lado de la pileta. El final me lo guardaré para después.

En su libro El último lector, Piglia trabaja la relación entre el acto de leer y las decisiones del lector, llegando hasta Ernesto Guevara, quien encarna la tensión entre la lectura y la experiencia política. Muchas veces, dice Piglia, las lecturas son el filtro que le dan sentido a la experiencia, la define y le da forma. Recupera una escena de la vida del Che; luego de llegar a Playa Girón en el Granma, el reducido grupo que desembarca es atacado. Pensando que está muriendo, recuerda un relato que ha leído. Piensa en un cuento de Jack London, “To build a fire”, en el cual el protagonista está listo para despedirse con dignidad de la vida, apoyado en un tronco. Según Piglia, Guevara encuentra en el personaje de London el modelo de cómo se debe morir”. Al igual que el Quijote busca en las ficciones de caballeros andantes el modelo de la vida que quiere vivir, o Emma Bovary encuentra en las novelas románticas de época las aventuras amorosas que ella misma experimentará en su vida, el Che encuentra la forma en que la muerte se abraza con dignidad en un relato ficcional. No se trata para Piglia de un quijotismo romántico, de un idealista que enfrenta lo real, sino de una manera de ligar las lecturas con la vida: el sentido que completa las experiencias reales se toma de lo que se ha leído, pues en las lecturas se encuentra un modelo ético, de conducta.

Es conocida la relación de Guevara con los libros y las lecturas. Son conocidas también las fotos del guerrillero en las noches en la sierra, o en los pequeños descansos durante el día, siempre con un libro en la mano. Cuando luego de horas de marcha, todos se tiraban a descansar, el Che sacaba uno de sus libros y comenzaba a leer. Eran objetos de los que no podía desprenderse: en una marcha que necesita de ligereza y velocidad, sus camaradas se deshacen de todo lo que ralentiza el paso, mientras él guardaba con celo sus libros. El único objeto que guardaba con igual cuidado era su inhalador. El guerrillero tenía una doble dependencia física, dos ritmos distintos, dos respiraciones, marcadas por el entrecortamiento del asmático y la pausa del que lee.

Son muchas las conclusiones a las que llega Piglia en este capítulo de este libro altamente recomendado, pero por ahora solo nos interesara esta. Al final de su vida, las figuras del guerrillero y el lector se unen, porque siempre estuvieron juntas. Cuenta Piglia que, antes de ser asesinado en Bolivia, el Che pasa la noche en una escuela primaria. La maestra del lugar lo cuida, es la única que tiene un cuidado hacia él. Cuando le lleva una comida, encuentra a Guevara tirado en el piso del aula, y le señala a la maestra una frase escrita en el pizarrón del aula, una frase que, dice, esta mal escrita, que tiene una errata. “Le falta el acento”, dice. La frase que el Che señalaba era “Ya sé leer”, frase que cristaliza la relación entre el guerrillero herido y su afán de lectura. Piglia cierra el libro diciendo que Ernesto Guevara “murió con dignidad, como el personaje del cuento de London. O mejor, murió con dignidad, como un personaje de una novela de educación perdido en la historia”.

Volvamos ahora a la nouvelle de Manuel Díaz. El niño protagonista lee durante las noches fragmentos muy cortos de El extranjero, de Camus, bajo la luz de una linterna. Antes de que termine, Milton se lo arrebata y amenaza con contarle a los padres del primero que robó una de las lecturas del baño privado del padre, eminentemente prohibidas en la casa vacía de libros. Sale a esperarlos fuera, pues salieron a comer con amigos al pueblo. Al lado de la pileta, el protagonista, apremiado por un verano y una vida angustiosa, en la que sus penas solo son tapadas con comida, herido en su orgullo por las afrentas que Milton cometió contra su cuerpo y su espíritu, y evidentemente apremiado por el tiempo, asustado de que sus padres lleguen, fantasea. Fantasea que en sus manos no hay una linterna, sino un revólver, y que en frente suyo hay un árabe y no un niño. Está recordando la escena en la que Meursault, el personaje de el El extranjero, asesina sin motivo aparente a un árabe en una playa en la que está vacacionando con su pareja y un vecino. El árabe, junto a algunos compañeros, está siguiendo al vecino (decir amigo es, quizás, demasiado) de Meursault, para vengarse del maltrato que sufrió la hermana de uno a manos de éste. En un atardecer armónico e increíblemente bello, entonces, Meursault asesina al árabe y rompe con el equilibrio de colores y silencio que reina la playa. No entraré en análisis de esta obra (quizás en otro momento, pero lo más probable es que no lo haga nunca), por el momento solo me interesa esta escena. El personaje de Milton llegó a leer esta escena, y fantasea que la está protagonizando. Como un Quijote dolorido por la cultura de los abusos, el niño encuentra en un libro el modelo para actuar ante una situación en la que se ve en peligro. No importa que le prohíban las lecturas o que arruinen para siempre su revista o que le saquen el libro de las manos antes de terminarlo, al igual que el Quijote lo que leyó ya está en su cabeza. Se convirtió en una ética, en una conducta que le dará el coraje para defenderse por primera vez en el verano, al igual que Emma Bovary saca el valor de las novelas para enfrentarse a las opresiones de su época y para llevar a cabo sus sueños amorosos, acaso demasiado grandes para una joven de la pequeña burguesía francesa. El protagonista de la nouvelle de Díaz, como un Che que se enfrenta a la muerte, recuerda el pasaje de un libro, escena que recreará en su mente como un modo de enfrentarse a la adversidad que vive. En un ataque de coraje y odio, el niño arroja la linterna que golpea la cabeza de Milton, haciéndolo caer al agua junto al libro, quedando también esta lectura salvadora arruinada para siempre.

Fuente: Revista Camalote
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