Mandarinas, de Franco Rosso

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Mariana Travacio a propósito de “Mandarinas”, de Franco Rosso. Lectura realizada en la presentación de la nouvelle el 9 de agosto en El Tano Cabrón, CABA.

Mandarinas. A Franco Rosso lo conocí hace unos años, en Rafaela. Había ido a dar un taller de narrativa, convocada por el querido Santiago Alassia, esa voz-poema que lo recita todo.
Allí los conocí: a Santiago Alassia, a Franco Rosso y también a Matías Aimino.
Eran mis anfitriones. Me habían alojado en un hotel soleado, frente a la plaza. Cenamos juntos, esa noche, en la vereda, frente a ese hotel del que, días más tarde, no quería irme.
Esa noche supe que Franco, Santiago y Matías eran tres enfermos de literatura.
Supe que habían iniciado, juntos, un viaje sin retorno por las aguas del lenguaje.
Encontrarme, años después, con un texto como Mandarinas, no hace más que corroborar aquello que había aprendido esa misma noche: que a Franco Rosso se le iba la vida en esto.
Mandarinas es, ante todo, un artefacto narrativo monstruoso -en el sentido más literal del término: ese hecho prodigioso, casi sobrenatural, en cualquier caso extraordinario-.
La primera lectura de Mandarinas la hice frente al mar, en julio pasado, y fue terminarla y quedarme absorta, en un silencio perplejo. Atiné a llamarlo, a Franco, y a decirle.
Le dije: acabo de terminar tu libro y estoy muda.
Acaso leer Mandarinas sea, ante todo, eso: enmudecer. No se sale indemne de esta lectura: el cuerpo queda inmóvil, la boca abierta, los ojos tratan de parpadear en la perplejidad. Ese enmudecer es enmudecer como se enmudece frente a la belleza o a lo que no tiene explicación: una tormenta oceánica, un cataclismo, una obra de arte. Es enmudecer en la estupefacción de la belleza y, también, en el miedo que provoca.
¿Cómo abordar una pieza perfecta sin estropearla?
Mandarinas es una novela compuesta a fragmentos, montada a retazos, erigida sobre pequeños capítulos. Cada capítulo es un pequeño cuento. O una pincelada. El cuadro final que componen es profundamente humano y es profundamente desolador y es profundamente bello. Se recorren, en él, la amistad, el amor, la traición, los deseos, los pequeños triunfos, las derrotas -que son siempre grandes- y el sinsentido final o el sentido más cabal: esa herida de estar vivos.
Cuando le preguntaban a Rulfo por los grandes temas de la literatura, Rulfo decía que los temas, en literatura, eran apenas tres: el amor, la vida y la muerte. Venimos contando lo mismo desde Virgilio –decía Rulfo-, el asunto es cómo lo contamos: lo que cuenta es la forma, la forma literaria.
Es que, en efecto, la literatura no puede prescindir de sus formas, se funda en ellas, y es prodigioso encontrar hasta qué punto Franco Rosso ha entendido esto.
Y cuando le preguntaban a Rulfo por la creación literaria, él decía que para narrar sólo hacían falta tres cosas: erigir un personaje, construir el ambiente en el que ese personaje se va a mover y dotarlo de una voz particular. Parece simple, pero todo aquél que se disponga, con su látigo, a escribir, sabrá lo difícil que es montar un artefacto narrativo que funcione. Y Franco Rosso parece lograrlo con natural maestría. Erige sus personajes sin titubeos. Los dota de una voz particular y les provee un ambiente donde moverse: lo hace sin fisuras. A poco de empezar ya estamos ahí, en Fortín, de la mano del Pula, de Tu Sam, de Amparito, ya estamos con ellos, jugando a las bolitas, arrancándole mandarinas al árbol de la vieja Páez, corriendo descalzos sobre los guadales hirvientes del verano, quemándonos las plantas de los pies para no pasar por giles, bancándonos el empujón desde el trampolín de la pileta del club aunque caigamos de panza y duela, aprendiendo a usar una gomera, -como decir: aprendiendo a matar-, y ya poco más tarde estamos tomando una cerveza, en la vereda de siempre, o prendiéndole fuego al Rey Momo, porque es carnaval, tratando de adivinar si esos ojos deseados nos buscan, entre las llamas, o aprendiendo a ser el amigo piola, aunque nos tengamos que tragar las lágrimas, o el orgullo, y poco después vamos a estar despidiendo a Amparito, que se va a Buenos Aires, así, sin más, y después vamos a seguir tomando cervezas, a la salida de la verdulería, los años que hagan falta, hasta que Amparito aparezca, de la nada, con su jardinerito de jean y sus carcajadas sonoras y sus ojos llenos de luz o de luciérnagas, para venir a decirnos que Fortín es un paraíso.
Un paraíso. Sí, acaso Fortín sea el paraíso perdido: un paraíso vuelto infierno o convertido en árbol que crece desde el fondo de una pileta rota en el club de tu infancia, entre las ruinas de lo que alguna vez fuiste, o quisiste ser.
Desde este punto de vista, Mandarinas es un tratado sobre la nostalgia.
Leer Mandarinas es recorrer cada esquina de la pubertad, de la infancia, de la adolescencia. Y es recorrerlas sin socorro, en toda su desnudez, porque Franco Rosso no da treguas: escarba, desde la memoria, y produce un montaje absolutamente brutal, y este montaje se vuelve brutal porque Franco Rosso no se hace el distraído, no recula, no (nos) ahorra un solo paso de la honestidad más descarnada y lo hace desde su pluma certera y poética.
Me acuerdo de Bolaño, ahora, cuando decía que la poesía verdadera vivía entre el abismo y la desdicha, que la principal enseñanza de la literatura era la valentía, que leyendo se aprendía a dudar y a recordar: que la memoria era el amor.
La memoria, esa materia hostil: tan dura y a la vez tan frágil, tan maleable. El pasado se resignifica una y otra vez en Mandarinas, se va poblando, cargando de sentidos. Ese ir y venir constante, de los recuerdos, es uno de los pilares sobre los que se construye este texto diafragmático y pendular. Va y viene, en su respiración, cargando de sentidos cada símbolo plantado en el texto, y nosotros, lectores, nos vamos dejando arrullar en ese vaivén monstruoso.
Como decía Martín Kohan, en ocasión de una visita a la casa de su infancia: “La casa es esa, pero ahora me parece otra, la siento en vilo. La costumbre es suponer que el pasado es lo sabido, lo asentado, lo seguro. La zozobra y la incertidumbre solemos asignarlas al porvenir. Pero tengo que hacerme a esta idea: entender que el pasado no es menos frágil que el futuro. No está menos en suspenso”.
Así, pasamos de contar piadosamente los nueve o diez gajos que tiene una mandarina, o de sonreírnos ingenuamente por las mil formas que tuvimos de comerlas, o de pelarlas, o de alcanzarlas desde el árbol de la vieja Páez, a entender que un árbol tiene sus alturas, que los frutos más dulces están allá, arriba, en la cima, fuera de nuestro alcance, apenas reservados al Pula, ese dios totémico de la horda, el que nos saca un par de cabezas.
Pero hay que Mandarinas es, también, un tratado de supervivencia: aprender a curtirse, a tragarse las lágrimas, a no pasar por gil.
Llegados a este punto, debo cuidarme de lo que diga. Sé que no debo avanzar mucho más. Si siguiese, terminaría revelando lo que el futuro lector me reprocharía con toda razón. sobrevivir. Y aprendemos, entonces, a comer las mandarinas a medio madurar, esas que nos fueron reservadas, las más ácidas, y aprendemos a sonreír, mientras las tragamos, como si no nos gustaran las otras, las más dulces.
Porque Mandarinas es una pieza delicada y merece discreción.
Me permito agregar una coda, apenas.
Cuando vamos llegando al final, las plantas de los pies curtidas, indigestados en la acidez de las mandarinas que nos tocaron en suerte, cuando ya nos resignamos a las migajas de un banquete que no fue, cuando ya no queda ni la vieja Páez ni el mandarinero, porque lo arrancaron de cuajo y ya no hay salto que podamos dar para arrancar una mandarina dulce: nos recostamos, vencidos, en nuestra noche fantasmal, contra el tronco de ese paraíso que creció a puro empeño, como si a la vida le bastase un resquicio para renacer entre las ruinas, y el cielo –súbitamente- se nos llena de luciérnagas, como si nos viniese a regalar algo, y eso que cae, en mil partecitas, es un destello que nos abraza: como si -al fin, por una vez-, la vida se apiadase y nos dijese que sí.
Felicitaciones, Franco Rosso, por la valentía, este regalo, tanta poesía.

 

Mariana Travacio, 9 de agosto de 2019

Foto: Silvia Castro




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