Donde la mayoría perece

SHOCK

Por Juan Ignacio Mercapide

La pulsión final en nuestra respiración de lectores es lo que define si la voz de un poeta es real o impostada, si la fractura en esa voz es expuesta o sólo interna, de más rápida sanación. Carlos Ríos despliega, en cada poema de su libro Un shock póstumo, una voz tan real que su respiración se vuelve caja de resonancia, se vuelve vibración, se vuelve contagio.

Llama la atención, primero, la forma que Ríos le impone a esa voz. Desecha las formas que aspiran a la anarquía como sello de originialidad, para acabar siendo inocuas, y adopta juegos visuales y palabras fragmentadas, cuasi caligramas peligrosos para el lector, caligramas que le imponen la musicalidad justa a esa voz, como por ejemplo:

Abrazos de cedro, letras col-

gadas en la entrada de las

ferias: ya fue. Chau sorde-

ra capital que los ma-

nuales suscriben,

del Siglo de Oro

para acá. Ya se

hace tarde y

ahora, por

fin, voy

de

re-

greso a

esos libros

que abando-

namos hace

una parva

de años.

Luego notamos que Ríos es un poeta con trayectoria: en literatura y, suponemos, aunque sea un artificio de sus palabras, en la vida. Y es que sus poemas ensayan, al estilo más nerudiano, una multiplicidad de ciudades desde donde ha podido mirar más allá: Buenos Aires, México, La Plata pasan por su obra, y hasta Pore, en Croacia (a través de un curioso viaje realizado por Google maps), se ve narrado en “Por los viajes me conocerás” con su ojo y su personalísima escritura.

Ese ojo y esa voz fragmentada nos sitúan en un pesimismo enraizado con la ironía permanente, la broma sutil, la mueca de sonrisa simulada ante los cambios tecnológicos, lingüísticos y culturales, como vemos en “Es negocio (chino)” o en “Las cosas que nunca voy a ver”, donde nombra a “un Lobo suelto campeonísimo de punta a punta, hermoso como la novela de Borges” y hasta se permite mofarse de un lector que deja su libro para tomar “el último hit de Noah Gordon”.

Finalmente, Ríos nos recuerda aquel verso de Milosz que dice “aquello que me fortaleció a mí, para ustedes fue mortal”. Su mundo particular sobrevive entre tanto desastre, como en “Un cero olímpico”, donde se mofa de su propia imposibilidad de escribir, o como se ve en el poema “A horas de otro rechazo editorial”, que cierra el conjunto, donde el poeta especula sobre un nuevo fracaso. Fracaso, por cierto, irreal, ya que, donde la mayoría perece, Ríos, y nosotros lectores, acabamos fortalecidos.

Fuente: El Cocodrilo
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https://revistacocodrilo5.wordpress.com/2018/10/27/15/?fbclid=IwAR0cBXHOhif0BMW4DaY96-EVHgcvrP0bT6OOXWOmzSyiMXTcq-Ppxs_C3rI




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