“Vacas” en Revista Segunda Época

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Reseña de Juan José Guerra sobre Vacas, de Belén Sigot, publicada en el primer número de Segunda Época (diciembre de 2018), revista que editan en Buenos Aires Maruki Nowacki, Juan Laxagueborde, Agustina Muñoz y Santiago Villanueva. El Nº 1 y otros números agotados de la revista pueden descargarse gratuitamente desde la bio de su cuenta de Instagram.

En el comienzo de Vacas, de Belén Sigot, se cuenta cómo la vacada cumple con la ceremonia luctuosa cuando una de ellas muere: se acercan todas a despedirla, largan hondos mugidos y luego se alejan. Ahí empieza el proceso de descomposición del animal, cuyos huesos, al degradarse, emiten una fosforescencia que por las noches se parece al haz de luz que enloquece la imaginación campera. La novela corta de Sigot explora el momento exacto en que la luz mala se superpone con la aparición de platos voladores, es decir, el instante en que imaginación rural e imaginación técnica se mezclan para producir nuevas formas de nombrar el hecho anodino o, también, el evento misterioso. De lo que se trata es de articular la voz comunal de un pueblo litoraleño habitado por esta galería de personajes: el Aurelio Bourband, el Mono Allois, el Cachito Gallay, el Demetrio Bonnin, la Grandota Francou, el Tobiano Bonnot, el Chivo Ducret, el Tatán Vanerio, la Flora Lambert. Pero también los Perinotto, los Gange, los Bufet, los Huck, el Rata Gallay, el Moscón Gutiérrez, la Lali Jourdán, el Fernando de la Irma, la María Bourband, el Largo Guillaume, el Blanco Miyard, los rusos Herling, la Macha Ducret, el Juancho Carbonell o (atención) el Emilio Sigot. Todos nombres antecedidos por el artículo, quizás con la excepción del doctor Urich y de Noordember, los comunistas del pueblo. ¿Qué sucede con estos nombres y con la rara musicalidad de esos nombres, que genera igual fascinación en el lector que las ocurrencias de lenguaje que esos mismos paisanos inventan? Sigot aclara: “más del noventa por ciento de los apellidos venidos de los cantones suizo-franceses y del Piamonte italiano”. Es un dato preciso, estadístico, pero que no clausura el encanto. Porque el texto debe su eficacia, en buena medida, a la inesperada reunión de ciertos apodos con ciertos apellidos. No es un mérito menor esta sonoridad de los nombres; permite, por caso, la belleza de esta frase: “Al Aniceto Tournoud lo mataron los rusos Herling”. Resulta que el tal Tournoud era el prestamista del pueblo y eso termina por explicar el homicidio, pero la frase en sí tiene una belleza que es anterior a su inteligibilidad. Ocasionalmente, los escritores aciertan con las palabras de otros escritores que se invocan en la entrada del libro y se produce entre ellas una amalgama. El epígrafe elegido por Sigot es un estilete, preciso al punto de que no sería posible que Vacas no incluyera las palabras de Briante. Se habla de la imaginación feroz de la gente que vive en los pueblos de la llanura. Esa imaginación asume la forma de un fraseo, un modo de decir que le da una determinada entidad verbal a los sucesos: vacas mutiladas, ovnis, inundaciones, homicidios, reparto de la tierra, expansión sojera. En comparación con la potencia de la lengua de esta novelita portentosa, otros intentos recientes de narrar la geografía del Litoral palidecen como ejercicios de taller literario.

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Fuente: Revista Segunda Época
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